El 31 de enero de 1995 marcó un punto de inflexión para el emblemático barrio El Bajo. Ese día, durante la intendencia de Rafael Bulacio, el decreto 163 creó un “Mercado de Pulgas” en la ex Terminal de Ómnibus con el objetivo de erradicar a los vendedores ambulantes del microcentro. Lo que comenzó como una medida de ordenamiento terminó expandiéndose sin control, ocupando la plaza y calles aledañas hasta derivar en el escenario de desorganización que hoy caracteriza a la zona.
La decisión se convirtió, con el tiempo, en el acta de defunción de un barrio que durante más de un siglo fue un motor comercial clave para la capital y el interior tucumano. El Bajo, que había nacido como centro de abastecimiento en tiempos de carretas y consolidado su auge con la llegada del ferrocarril en 1892, entró en un proceso de deterioro que las sucesivas intervenciones oficiales no lograron revertir.

En las décadas previas, el barrio ya había atravesado transformaciones profundas. En 1986 el aeropuerto fue trasladado a Cevil Pozo, y en 1994 la Terminal de Ómnibus se mudó dos cuadras hacia el este. Aunque permaneció en la zona, el movimiento comenzó a redistribuirse. Un año después, la inauguración del Shopping del Jardín en la antigua estación buscó reactivar el sector, que en los años noventa registraba un tránsito estimado de un millón de personas mensuales. Sin embargo, los proyectos de renovación urbana impulsados a comienzos de esa década quedaron truncos.
El deterioro contrastó con el peso histórico del barrio. El Bajo recibió el primer tren el 13 de julio de 1892, aunque la provincia ya contaba con conexión ferroviaria desde 1876, cuando el Ferrocarril Central Norte unió Tucumán con Buenos Aires. Durante décadas, la Estación El Bajo fue un punto neurálgico del comercio regional. El último tren partió en 1978, cuando ya operaba la ex Terminal de Ómnibus, edificio levantado entre 1959 y 1963.

Mucho antes del ferrocarril, la zona había sido el límite oriental de la ciudad. Donde hoy se ubica la plaza La Madrid, hasta el siglo XIX existían terrenos pantanosos que marcaban el borde urbano, la llamada “calle de ronda”, límite de la vigilancia policial. Las aguas del río Salí alcanzaban áreas que hoy ocupan avenidas centrales, lo que explica el desnivel del terreno y el origen del nombre El Bajo.

El saneamiento de esos pantanos comenzó a proyectarse en 1831, durante la gobernación de Alejandro Heredia, aunque recién décadas después se concretó con la creación del parque 9 de Julio. El objetivo era combatir enfermedades como el cólera y la malaria. Para levantar el principal bosque urbano tucumano fue necesario secar y rellenar 400 hectáreas, aunque solo se completó la mitad norte, ya que el sector sur sufrió ocupaciones progresivas, entre ellas la del Aero Club Tucumán, antecedente del aeropuerto Benjamín Matienzo.
A lo largo del tiempo, El Bajo concentró edificios emblemáticos, como la antigua estación ferroviaria —declarada de interés municipal en 1991— y comercios centenarios que dieron identidad al barrio.

Sin embargo, la historia parece haber ofrecido lecciones que no fueron aprendidas. La frase atribuida al filósofo George Santayana, “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”, resuena con fuerza al repasar el derrotero del barrio: un espacio que nació entre pantanos, fue saneado con visión estratégica, floreció con el comercio y el transporte, y terminó atrapado en decisiones coyunturales que aceleraron su declive.
En los próximos capítulos de “El Bajo, un corazón roto” se analizarán los proyectos recientes —algunos aún vigentes— y la mirada de comerciantes y vecinos sobre el futuro de un sector que supo ser uno de los corazones económicos de la ciudad.











